
Poema · 16 de junio de 2013 · 2 min
Todos los pueblos tienen sus pequeños Napoleones
Ruben Bassi
El origen de nuestro avance yace
bajo la tierra, sepultado, en nombre de
Dios, de la Patria o la lucha libertadora. Difícilmente logremos cambiar las
Dios, de la Patria o la lucha libertadora. Difícilmente logremos cambiar las
cosas si estas consignas no nacen de la concordia.
Todas las culturas tuvieron su Napoleón; y todos los
pueblos, también, forjaron a sus pequeños Napoleones.
Algunos, muchos para ser franco, dicen y ejemplifican al primer mundo como una
integración de pueblos “fuertes”, inteligentes;
“pueblos ejemplares”, “progresistas”.
Esos pueblos “inteligentes, fuertes ejemplares
y progresistas”, resolvieron las cuestiones de disputas internas y externas de
la forma más bestial y sangrienta: matándose hasta hastiar en guerras (civiles
y comerciales) monstruosas con CIENTOS DE MILLONES de humanos muertos; Por lo
que el primer mundo, digamos, es primer mundo, por haber extermindado pobres conjuntamente
con algunos miles de nobles, agitadores, pensadores y comerciantes.
Todos los
avances tecnológicos y confort que ostenta el primer mundo, Todos ellos, son gozados
por su pueblo sobre gigantescos cementerios,
sus tierras. Enormes extensiones de osarios y tumbas comunes su continente; depósito
activo de ojivas nucleares que apuntan hacia todos lados, inclusive a si
mismos.
Mi país tuvo su Napoleón; y sus Napoleoncitos; y a su vez, de todos ellos,
nacieron decenas de Gardeles y Negretes (parafraseando a Violeta Parra). Todos, desde el más grande al más pequeño, dejaron
por error, dolor, cansancio, hastío o muerte,
las cosas inconclusas; enarbolando su ego o con su culo enjabonado,
no lograron, no quisieron, no pudieron o ni se imaginaron, en juntar las
voluntades necesarias para conformar el ideario del país de todos; esas
voluntades, que se encuentran justamente del uno y del otro lado del 50 %, que
sumadas, son el 100 % de esto que elige el destino de la nación llamado pueblo.
Todos ellos a veces en nombre de él (Dios) o de la revolución (o ambas cuestiones inflamatorias juntas), conformaron
rencillas domesticas con miles y miles de vidas truncadas por el sinsentido de
dirimir a lo bestia, de la misma manera que las grandes bestias del imperio y el viejo continente, la construcción del país nuevo y a su
vez, el
nuevo continente.
Pocos, en la historia de la humanidad, de aquellos hombres enormes, que crearon corrientes del pensamiento y forjaron con su impronta hasta civilizaciones, terminaron queridos por casi todos, respetado por adversarios, rodeados de nietos y cocinando el asado de los domingos para su familia. Muy pocos. Ahora que lo pienso Investigaré si hubo alguno... Atenderé, si es que existió, con mayor atención sus pensamientos
El buen humano vence.