Ir al contenido
Papel y tinta

Poema · 9 de julio de 2026 · 3 min

Una historia con espíritus fuerzas y "vaquilloncitas"

Ruben Bassi

poema

El escrito y la voz

Voz: Gustavo Álvarez

Una historia con espíritus fuerzas y "Vaquilloncitas":

Todo comenzó en un charla con un amigo allá por mayo del 2026, cuando me pidió observar cómo criamos vacas en la montaña, aquí en Mendoza, cerquita de esta

tierra donde vivo. Como siempre estoy creando no le esquivé al bulto, acepté el convite. Recurrí a mi alforja de

Todo comenzó en un charla con un amigo allá por mayo del 2026, cuando me pidió observar cómo criamos vacas en la montaña, aquí en Mendoza, cerquita de esta

conocimientos en el tema ganadería: no es grande, pero sí suficiente como para que al menos engorden los animales; porque nació de lo aprendido

desde chico, y Lo que se aprende temprano no se olvida fácil, queda marcado, como

el efecto del destete en un ternero. Mi vida rural siempre estuvo ligada a mis estudios, emprendimientos con amigos y

parientes, entre gallinas, vacas y ovejas, mientras tanto me ocupaba de otras

cosas. Hablando de mendoza...Mendoza tiene para mí un significado profundo: porque ya es parte

permanente de mi vida, lugar desde donde mi padre hombre nacido en otros

paisaje, el del río y hecho en mares, tomó impulso para elevarse al otro plano de la

vida desde un lugar más alto; y al estar yo, de mis hijos y mis nietos, de mi

compañera, junto a esa humanidad comunitaria cercana de personas del pueblo.

Ciertamente, se siente la unión del ser

humano con la naturaleza y con el espíritu poderoso de la montaña. Ese espíritu

del piedemonte mendocino que te acaricia la jeta con mano áspera de abuela

trabajadora, con olor del secano agreste mezclado con una ilusión aromática de

contener agua de arroyos, vegas y vertientes, sazonado con aromas de coirones tomillo

y jarilla. Es una presencia inmensa ese espíritu, de tal magnitud que obliga a

mirar hacia arriba y que te deja siempre como arrodillado y sin aire; y yo, que vengo de muchos lugares y aprendí de

observar a los espíritus de cada sitio, el

del mar, el del río, el del cemento de las ciudades del hombre, entendí que

cada sitio tiene su fuerza y que esa fuerza forja destinos, después de tantos años de observar la montaña aprendí

a interpretar los murmullos de su aliento, un viento a veces suave, a veces con

atronadores rugidos, contándote cuitas de su naturaleza y que subrepticiamente te

sugieren: “sos todo y sos nada, ni

pequeño ni grande, apenas una partícula de tantas que arrastro en mi camino, de

tierrita y arenilla, a lo sumo, abono, semilla”.

!ahhh¡ perdón, disculpen, llega una edad en la que uno se dispersa en lo trascendente. Con el tema de las vaquilloncitas La cuestión comenzó así: calculando pastura kilos y hectáreas.

Las

subimos del secano del fín del invierno al verdeo de vegas y mallines. Iban nerviosas, como quien no sabe a dónde va pero presintiendo algo bueno, hasta que

olfatearon el pasto verde, solitas apuraron el paso, siempre se apura el paso cuando se percibe lo bueno de la vida.

Y la historia comenzó…

El buen humano vence.